Audífonos, presa de la contaminación
La multiplicación del sonido de los nuevo aparatos obliga a discapacitados auditivos a apagarlos cuando van por la calle.
A Esteve Fité el audífono le hace jugarretas. El aparato que corrige su sordera postlocutiva (se la detectaron a los 20 años) y que compró hace un par de años le obliga a desconectarlo ante la presencia de sonidos fuertes que una persona no sorda puede tolerar mejor.
Este vecino de Badalona de 60 años que cambió la profesión de camionero por el funcionariado, apaga a menudo su audífono cuando los ruidos de coches, autobuses o gritos se multiplican en su oído. Lo hace a pesar de poder graduar la intensidad del sonido que recibe, algo que no le soluciona el problema.
En consecuencia, Esteve se enfrenta cotidianamente a situaciones de peligro como «no poder escuchar la sirena de un vehículo de emergencias al pasar por un paso de cebra». A nivel público, Esteve y su mujer María, que le hace de traductora, viven situaciones que ven como un trato menos comprensivo para los sordos que para otras discapacidades.
Por ejemplo, si él quiere ver una película española en un cine en versión original, no puede, al no subtitularse. Mucha gente confunde su sordera con una deficiencia intelectual. Esteve se queja: «Somos sordos, pero no tontos».
Además, sólo recibe ayuda del 20% del coste de un audífono por parte de Acció Social. Este último le costó 2.300 1 y su vida útil no supera los cinco años.
Fuente: www.20minutos.es